domingo, 29 de octubre de 2017

MANUAL EXILIO, COMO APROBAR SU EXILIO EN TREINTA Y CINCO LECCIONES, DE VELIBOR COLIC





Foto: Isabel Mojal


Manual de Exilio, como aprobar su exilio en treinta y cinco lecciones, de Velibor Colic, editorial Periférica. Traducción de Laura Salas Rodríguez.

El título ya es muy elocuente, da cuenta del tono con el que está escrito este libro: un cierto humor amargo y la voluntad de no escribir una novela al uso, sino la fragmentariedad a la que le obliga su condición de exiliado.

Ex combatiente de la guerra de Bosnia, con un modesto reconocimiento como escritor en la antigua Yugoslavia de la que finalmente huyó en 1992 tras luchar en el ejército bosnio y ser hecho prisionero, llega a la ciudad francesa de Rennes buscando una nueva vida, donde pasará por esa fría puerta de entrada por la que desfilan todos aquellos exiliados y refugiados de todo el mundo que sueñan con entrar en Occidente.

Los treinta y cinco capítulos son precisamente pequeños frescos de situaciones personales, todas ellas muy gráficas, que se fue encontrando durante todo ese periplo: su relación con las nuevas autoridades, con la burocracia, con otros exiliados del este de Europa con quien comparte penalidades, sus escarceos amorosos, sus tardes perdidas en bares…

“mi vida de exiliado, de refugiado se basa en maneras de pasar el tiempo, como alargar un café el máximo tiempo posible sin ser expulsado de un bar, postergar para el día siguiente el intento de suicidio”.

Y siempre presente un cierto humor amargo y sin rastro de autocompasión. El humor siempre estará presente, al acecho, como una especie de exorcismo ante la realidad, un cinismo salvador ante su soledad.
Colic, como escritor que es, cree en el valor de la literatura, de la cultura, y le decepcionará ver que ese no será salvoconducto con el que esperaba ser aceptado, que su pasado como escritor no cuenta para nada en su idealizada Francia y que tal vez esa Europa donde la cultura es venerada sólo existía en su imaginación.

En realidad, el exilio (como la muerte) iguala a todo el mundo.

Él mismo se retrata sin piedad con sus ínfulas de persona leída ante esa nueva realidad donde su pasado no interesa a nadie, con su obstinación que convertirse en imagen de alguno de esos otros escritores que también fueron exiliados (Gombrowitz, Solzhenitzyn…).

A pesar de ello tiene muy claro que la lengua francesa es fundamental para su futuro, no solo para poder continuar con su carrera literaria sino también “para que mi dolor permanezca para siempre en mi lengua materna”.  De hecho lo logrará, y conseguirá desde entonces emprender una nueva carrera literaria desde el momento que escribe “Los bosnios”, ya en francés, y cuya gestación narra también en este libro.

En el fondo esta novela, si se puede llamar así, no deja de estar escrita por alguien que entiende la literatura como su manera de ver el mundo, como su única bandera e identidad, y su lucha como exiliado no deja de ser la de conseguir una nueva voz, en una nueva lengua, donde seguir viviendo.


domingo, 15 de octubre de 2017

¿POR QUÉ DAMASCO?: ESTAMPAS PESIMISTAS DE UN DECANO







¿Por qué Damasco? Estampas de un mundo árabe que se desvanece, de Tomás Alcoberro. Editorial Diéresis.


No sé si los reporteros de guerra están en crisis, si los nuevos medios de comunicación van a acabar con ellos, pero lo dudo. El ciudadano exigente va a requerir siempre (o eso espero) de esa visión al pie de calle, algo literaria, del corresponsal de guerra. De quien convive día a día con víctimas y verdugos, que bebe con estadistas y fuma al lado de posibles terroristas.    

Pocas imágenes tan literarias habrá que sean a su vez tan cercanas a la realidad como la de estas personas que han convertido su vida en una auténtica aventura, hasta el punto de poder perecer por ello.

El articulismo de todos estos reporteros es, en ocasiones, todo un género en sí mismo, un lugar donde todo cabe: desde la visión poética del entorno que lo rodea y la memoria, hasta la fría geopolítica.  Con unos pocos párrafos consiguen hacer llegar al lector toda una amalgama de imágenes, lugares, sensaciones y olores que son suficientes para transmitirnos mucho más de lo que haría cualquier otra forma de comunicación, por muy inmediata que sea. Dudo mucho que con la inmediatez de ciertos medios actuales se consiga transmitir una visión más diáfana, pongamos por caso, de Oriente Medio que lo que han venido mostrando periodistas como, por ejemplo, Tomás Alcoberro cuando tenía que correr al télex más cercano para hacer llegar sus crónicas.

En este libro se recogen una serie de artículos escritos por Tomás Alcoberro para La Vanguardia y El País, centrados en el conflicto de Siria pero también en el Egipto post-Tahrir y, cómo no, en su amado Beirut, ese oasis que como él explica siempre acogió a los reporteros de todo el mundo.

El libro está estructurado de forma cronológica en función de su publicación, pero no se trata de crónicas que busquen la urgencia del momento sino que escarba en las ruinas y en la vida cotidiana de las personas que han vivido aquello para transmitirnos de forma diáfana y a pie de calle los acontecimientos y sus consecuencias.

Recuerda Alcoberro que Siria fue siempre un país inaccesible para él debido al férreo acceso para los ciudadanos y periodistas que pretendían entrar (tan diferente al de su amado Beirut), una dictadura nacida del nacionalismo árabe de inicios de los años 60 y que hasta finales del siglo pasado mantuvo un régimen que Alcoberro define en ocasiones de corte pseudo-soviético.

Nos recuerda cómo en los años 80 una rebelión de los Hermanos Musulmanes, heridos por un gobierno que “incitaba a los musulmanes al ateísmo” en ese estado árabe socialista y revolucionario, acabó en una masacre y llega a sentenciar que “la historia de Siria, (como en parte la de Egipto) es la de la lucha de los Hermanos Musulmanes por alcanzar el poder”. El integrismo musulmán, asegura, es el resultado entre otras razones del fracaso de la construcción de un Estado moderno en Oriente Medio.

Alcoberro recorre el país y nos muestra no sólo su enorme pluralidad de colectivos étnicos y religiosos sino también la importancia de las minorías dentro de la estructura social del país: cristianos de diferente obediencia religiosa, drusos, kurdos y en especial el papel preponderante en el poder de los alauís (de donde surgieron los Assad), considerados una secta herética por buena parte de la mayoría sunní. El papel que juegan todos ellos ha ido creciendo con el tiempo, y es reveladora el comentario que recoge Alcoberro cuando alguien le recuerda cómo “antes éramos baasistas, naseristas, comunistas, árabes y ahora somos suníes, cristianos, drusos….” Cómo la identidad religiosa ha suplido otra más ideológica, más occidental, que regía durante ciertas décadas del pasado siglo (y portadora también sin duda de enfrentamientos de todo tipo).

Visita ciudades devastadas como Homs (“la mayor destrucción de una ciudad en Oriente Medio”), Palmira, Raqa; nos recuerda las relaciones del país con Líbano; el peso de los ejes suní y chií, Saudí y Irán (al respecto de la primera nos recuerda en varias ocasiones su funesto papel en la expansión, desde los años ochenta del siglo pasado, del integrismo suní), pero también nos habla del Damasco sitiado, de cómo la cotidianidad resiste el día a día de la guerra: las bodas y las fiestas que no cesan, la atrevida lencería de sus mercados o sus series de TV, de gran éxito en todo el orbe árabe.

El libro lo complementan dos partes más, dedicadas a Egipto y al Líbano (fundamentales sin duda para tener una visión global del mundo árabe actual). En la primera nos transmite su pesimismo tras la llamada Primavera Árabe (en la que, como tantos otros que conocían esa realidad, nunca confió), su pesimismo ante un panorama que parece tener que elegir entre los Hermanos Musulmanes y el ejército, sus legiones de mendigos hacinados en cementerios o la pérdida ya irremediable del cosmopolitanismo de Alejandría.

De Líbano nos habla de su amado Beirut, cuidad abierta pero siempre en una encrucijada perpetua, en un equilibrio calculado entre comunidades (cristianos de diferente filiación, suníes, Hezbollá, la presencia cercana de Israel, al que se une el alud de nuevo refugiados sirios) que parece siempre a punto de estallar.

Este es en definitiva un libro fascinante  pero a su vez pesimista, porque la visión de este periodista, tras décadas de trabajo por todo Oriente Medio, es la de pesimismo por su futuro, nostalgia por un mundo que se desvanece y que parece transmitir una amarga sensación de fatalidad.

En el siguiente blog se pueden seguir los artículos que Tomás Alcoberro sigue escribiendo en La Vanguardia: http://blogs.lavanguardia.com/beirut/author/talcoverro


viernes, 6 de octubre de 2017

ESTOCOLMO NO AMA A MURAKAMI


La Academia Sueca del Nobel este año se ha superado a sí misma. A su ya manifiesta tendencia a desbaratar todos los pronósticos (si alguien es favorito alguna vez que sepa que no lo va a ganar) el año pasado se unió la novedad de premiar a alguien que no es escritor (Bob Dylan), cuando tantos escritores en el mundo viven encarcelados o con dificultades para poder expresarse. Muchos dibujantes de cómic (perdón: de novela gráfica), tal vez pensaron que esta vez sería su oportunidad, pero contra todo pronóstico, no ha sido así.

Esta vez la voluntad ha sido otra: joder a Murakami, eterno aspirante. Y lo ha hecho de la manera más cruel y retorcida que uno pueda pensar: premiando a un escritor inglés con apellido japonés (¡qué curioso, hasta tiene cara de japonés!), creador entre otras cosas de una de las novelas más inglesas que uno pueda echarse a la cara: Los restos del día.

La verdad es que nunca he leído a Murakami, tal vez por ese defecto snob y abiertamente estúpido de no querer leer a alguien por el simple hecho de ser popular. Recuerdo cómo en una librería barcelonesa una joven ataviada con vestimenta pseudogótica (o así la quiero recordar) confesaba a su compañero, mientras acariciaba el lomo de su último libro: “amo a Murakami, es mi dios”. Tal es la dimensión de su veneración.

No hay duda de que no dar el premio a Murakami va camino de convertirse en una tradición muy escandinaba, como ironiza Borges con la reiterada negativa de concederle el Nobel.

No sé qué deben estar tramando ya estos personajes de la Academia Sueca de cara al próximo año para aumentar el martirilogio del escritor japonés: tal vez dárselo a un compatriota suyo (no, demasiado visto), tal vez a un poeta de haikus, o mejor aún: a un dibujante de Manga. ¿Por qué no? Tal es la dimensión de su maldad.

jueves, 5 de mayo de 2016

RESPIRACIÓN ARTIFICIAL, DE RICARDO PÍGLIA


Respiración artificial, de Ricardo Piglia. Editorial Anagrama.


Se hace difícil reseñar este complejo "artefacto" literario. Y lo es por diferentes motivos: por sus peculiaridades formales, por los temas que pretende abarcar (muchos de los cuales serán recurrentes en este autor en el futuro: Borges, Arlt, la cultura argentina...), por la visión de la historia de su país, de la herencia europea que labra su cultura, a los que puede añadirse, además, la dificultad añadida que puede tener su lectura para un lector ajeno a buena parte de la historia de ese país y de su largo periplo de levantamientos y generales (tal vez comparable a nuestra lista de reyes godos).

La novela se inicia con un joven Emilio Renzi (el eterno personaje de Piglia que hace una de sus primeras apariciones con esta novela) que indaga en su pasado familiar y en particular en la oscura figura de su tío Marcelo Maggi, con quien no tarda en entablar una relación epistolar y que vive retirado en Concordia, Entrerríos, dedicado en cuerpo y alma desde hace tiempo a indagar el legado epistolar de Enrique Ossorio (que por una serie de vicisitudes llega a sus manos) y que fue secretario del general Rosas. En esas cartas intentará investigar en la atormentada vida de quien pasará a la historia como un traidor a su país y redimirlo de unas acusaciones que según sus averiguaciones pueden no ser del todo fundadas. La figura de Ossorio será a su vez la de la vida en el exilio (Chile, California, Nueva York....) y se acabarán por establecer paralelismos con el exilio de muchos europeos que a su vez recalaron en Argentina durante el siglo XX.

Toda esta primera parte de la novela se articula fundamentalmente alrededor de la correspondencia epistolar tanto entre Renzi y Maggi como en las cartas que escribió Ossorio a muy diversos remitentes, y que pretenden ser leídas por Maggi "como el reverso de la historia" y a partir de las cuales "trato de ser fiel a los hechos pero a la vez quisiera hacer ver el carácter ejemplar de la vida de esa especie de Rimbaud que se alejó de las avenidas de la historia para mejor testimoniarlas". Es esa probablemente una de las obsesiones de este libro: la indagación sobre el sentido de la historia, y particularmente la visión de la historia argentina, que llega a ser resumida en algún momento como "un monólogo alucinado, interminable,  del sargento Cabral en el momento de su muerte, transcrito por Roberto Arlt".

Hay también en esta primera parte una reivindicación del género epistolar, un "género anacrónico de una época donde los hombres todavía creían en la verdad de la palabra escrita" género a su vez "utópico por excelencia ya que anula el presente y hace del futuro el único lugar posible de diálogo". Y es que precisamente Maggi no cejará, en su reivindicación de Ossorio, de verlo como un desterrado que convierte su vertiginoso exilio en un "exceso utópico".

Toda esta primera parte llevará el críptico título de "Si yo mismo fuera el invierno sombrío", en referencia a un cuadro atribuido al pintor Franz Hals, cuadro que echando mando de internet uno descubre que no existe, aunque sí su supuesto autor: un pintor neerlandés del siglo XVII, maestro del retrato, y que por cierto retratará entre otros a Descartes, que pone título a la segunda parte del libro. Probablemente una de las tantas bromas y guiños que esconde Piglia.

En la segunda parte se abandona el género epistolar y Renzi viaja a Concordia en busca de Maggi. En la dilatada espera conoce a su amigo Tardewski (en quién es fácil entrever la figura de Gombrowicz, polaco como él) y su corte de compañeros, todos ellos exiliados de la vieja Europa de entreguerras que llegan a esta localidad de provincias como los restos de un naufragio y que representan en cierta manera la herencia europea de la cultura argentina. Aquí es donde Piglia (en boca de todos estos personajes) se recrea en diálogos (a veces más bien monólogos) sobre la historia cultural de su país, con especial hincapié en Borges y Arlt, y donde a la estela del Pierre Menard parece jugar con una visión a la vez borgeana de la obra del propio Borges (los anacronismos deliberados, las falsas referencias...) y que está en el trasfondo de los múltiples juegos literarios y guiños con los que se construye esta novela.

Todo ello sirve a su vez para darnos pie a la confesión de Tardewski a Renzi  de su más preciado secreto: haber descubierto, o acaso estar seguro de ello tras muchas indagaciones, de un encuentro que tuvo lugar en Praga hacia 1909 nada menos que entre Kafka y un desconocido Adolf Hitler, y de la influencia que las ideas de este tuvieron en la posterior obra del escritor judío tras unas probables o tal vez simplemente posibles conversaciones entre ambos, y que lo han convertido en lo que representa en la historia de la literatura. Conversaciones donde acaso entrevió esa "utopía atroz de un mundo convertido en una inmensa colonia penitenciaria". De hecho, según Tardewski "el genio de Kafka reside en haber comprendido que si esas palabras podían ser dichas, entonces podían ser realizadas". De esta manera se gestaría la posterior obra de Kafka, la que lo ha convertido en el autor reverenciado que es, y según nuestro personaje en "el autor que una relación más estrecha ha mantenido con su época".

No hay duda de que es esta una novela densa, llena de referencias históricas y literarias y de juegos de espejos que hacen sesuda su lectura, pero creo que en absoluto aburrida, a pesar de que sería necesaria una nueva lectura para poder acabar de hilar todo lo que Piglia nos quiere decir (si es que existe acaso tal intención y no estamos sencillamente ante un texto que pretende, precisamente, diversas lecturas).

viernes, 11 de septiembre de 2015

LOS ÁRABES DEL MAR, DE JORDI ESTEVA

Los árabes del mar, de Jordi Esteva. Ediciones Península (col. Altaïr viajes).
 
 
                                                          dhows en Bombay, 1890
 
 
Cuenta el autor que para él los árabes siempre han sido un pueblo de mar. Lejos del tópico del desierto, de pequeño ya soñaba con conocer ese mundo que recorrían los viajes de Simbad, el del indómito Índico surcado por los dhows árabes y que llegaron a dominar las rutas que iban desde Zanzíbar, en la costa africana, hasta la Índia y China.
 
Esta búsqueda la inició Esteva en los años setenta, visitando Sudán y los puertos del mar Rojo, donde se topa con los palacios de Sauakin, abandonados y expuestos a la intemperie del desierto, hasta la Arabia feliz, como ha sido siempre conocido el actual Yemen y su mítico reino de Saba. Ahí probablemente tomó conciencia de estar persiguiendo un mundo ya desaparecido pero que todavía contaba con testimonios que puedieran dar fé de su glorioso pasado.
 
Precisamente el gran logro de este libro, a diferencia de otros libros de viajes es que es la voz de todas esas personas que irá encontrando por el camino será el verdadero hilo conductor de este viaje, el que nos mostrará ese mundo perdido y olvidado. Y no nos importará tanto la veracidad o exactitud de las historias que nos cuenten, sino la fascinación que nos harán llegar sus palabras, y sentir así un leve atisbo de la fascinación que el mismo autor sintió probablemente al ver, a cada paso, cómo ese mundo ansiado desde la infancia se abría paso. 
 
Sin duda el conocimiento de la lengua y cultura árabes, junto con la hospitalidad de las personas que fue encontrando por su camino, partícipes de un Islam abierto y tradicional en el que el autor confiesa haberse sentido siempre cómodo, le abrió todas las puertas.
 
Años más tarde retoma el viaje, esta vez en Omán, que junto con Yemen es la patria de los que ellos mismos consideran "los auténticos árabes" a diferencia de los árabes del norte, el pueblo del desierto, de donde surgiría la figura de Mahoma y el Islam. De hecho otro tópico es vincular a los árabes con su actual religión mayoritaria: ciertamente esos árabes del sur ya era un pueblo que surcaba esos mares mucho antes, e incluso llegaron a emigrar en algunos casos a la costa africana que ya les era conocida (Zanaíbar, Lamu, Mombasa...) llevados en algún momento por el empuje de la nueva religión, aunque ellos no tardarían en adoptar también la nueva religión.
 
Durante siglos toda una serie de pueblos pretendió navegar por esos mares (griegos, romanos, bizantinos...) para comerciar con las especias y los productos que hicieron míticas esas tierras (incienso, mirra...) pero el inhóspito Índico siempre se les resistió, tan diferente del tranquilo Mediterráneo. De hecho se cuenta que el gran secreto de la navegación de los árabes por el Índico era el conocimiento que tenían de los regímenes de vientos relacionados con los monzones, y que les permitía moverse en una dirección u otra en cada época del año; se cuenta incluso que era un secreto celosamento guardado cuya revelación sería castigada con la muerte.
 
Tras un periplo por Omán, Esteva viaja a la costa africana de la actual Kenia y Tanzania, la llamada costa de los Zenj, donde visita Lamu, Mombasa, y en particular la mítica ciudad de Zanzíbar. Allí descubre una población árabe que con el tiempo ha acabado mezclada con la africana, hasta el punto de desconocer prácticamente el árabe (reservado para la liturgia musulmana y algunas frases de cortesía) y adoptar el suajili, una lengua bantú extendida por una amplia zona de África, a pesar de que los árabes ejercieran durante muchisímo tiempo (de hecho hasta el siglo XIX) el comercio de esclavos del interior del continente. Ese oscuro pasado estuvo en el trasfonodo de las matanzas de árabes durante la revolución de Zanzíbar de 1964, a pesar de ser esa población árabe, de hecho, el resultado de la relación secular con esclavos y esclavas liberados.
 
Como ya he comentado, es el viajero quien cede todo el protagonismo al viaje, a las gentes que hablan por sí mimas, y gracias e ello conocemos muchas interioridades de ese mundo tan lejano a nosotros en tantos aspectos, como la presencia constante en sus vidas de los yinns, esa especie de seres invisibles que, procedentes de prácticas y creencias pre-islámicas pueden adoptar diferentes formas, y que son capaces de condicionar y poseer a los humanos a voluntad.
 
"¡Qué mejor aventura que viajar a través de las personas!. Ir en busca de la memoria"
 
Cierto, y especialmente en un mundo donde la palabra, tanto la escrita (para ahuyentar a los yinns con los infalibes amuletos, por ejemplo, o las siempre presentes suras del Corán) como la tradición oral, son tan importantes. 
 
 

lunes, 15 de junio de 2015

LA PEQUEÑA COMUNISTA QUE NO SONREÍA NUNCA




La pequeña comunista que no sonreía nunca, de Lola Lafon. Editorial Anagrama, traducción de Francesc Rovira.
 
Este libro es un artefacto (sin afán peyorativo) muy propio de nuestro tiempo: imaginar una probable biografia (en este caso de la mítica gimnasta Nadia Comaneci) con voluntad de verosimilitud pero dejando claro que no pretende narrar de forma textual los hechos de su vida, sino dejar un margen para que la literatura haga el resto. Una vuelta de tuerca más a la relación ficción-realidad que preocupa y ocupa hoy en día a tantos escritores (con suerte dispar).

Para ello, además de la inevitable documentación de la que, se quiera o no, uno ha de hacer acopio, recrea una imaginaria relación epistolar y telefónica con la propia Comaneci (mostrándole fragmentos de lo que está escribiendo, indagando en sus recuerdos....) a la que la exgimnasta ficticiamente responde de manera crítica, poniendo en duda las suposiciones de la autora, su visión de la vida en la Rumanía de Ceaucescu, la mitología generada alrededor de la gimnasta, la relación con su entrenador, el también mitico Béla Károlyi, sus relaciones con el poder, su polémica huida a los Estados Unidos poco antes del final del dictador,etc.
 
Con estas licencias, la autora puede indagar con más libertad en los aspectos más íntimos y personales de Nadia Comaneci, muy en particular los que tienen que ver con los dilemas con su cuerpo y esa gloria efímera a la que las gimnastas parecen abocadas (porque fue precisamente el equipo rumano de los juegos de Montreal, con Nadia al frente, quien inauguró la nueva época de niñas gimnastas, a la que ahora  ya estamos tan acostumbrados).
 
El resultado en mi opinión es un libro con un planteamiento muy interesante (y atrayente sobretodo para nostálgicos de los 80) pero que en ocasiones me ha dado la impresión de quedarse algo embarrancado, un tanto perdido en esos juegos entre realidad y ficción que plantea, en especial hacia el final.
 
 

domingo, 24 de mayo de 2015

TAMBIÉN ESTO PASARÁ, DE MILENA BUSQUETS

 
Shigeyoshi Koyama: invitación al viaje 


También esto pasará, de Milena Busquets. Editorial Anagrama.

Siempre me acerco a los éxitos de ventas con cierto sigilo, tal vez con cierto pudor snob ante el recelo que por defecto me provoca su sobreexposición mediática, intuyendo que, no sé muy bien por qué motivo, ha de estar injustificada.
 
Por otra parte muchas veces no encuentro ocasión ni sentido a añadir nada a lo que probablemente otros ya han dicho respecto a una novela sobre la que ya se ha escrito y dicho bastante, y muy en particular su argumento (a saber: una especie de carta de despedida de Milena a su madre, la conocida editora Esther Tusquets, escrita a partir del momento de su muerte). De todas maneras, y teniendo en cuenta que en este caso no he encontrado injustificada su popularidad, he creído dejar constancia de esta lectura.
 
De entrada hay algo que probablemente a muchos nos haga ver la narración con cierta distancia a pesar de su tono tan intimista, y es el mundo en el que la autora se mueve,  en este caso lo que llamaríamos clase acomodada (en particular el de los descenidentes de la famosa gauche divine, los largos veranos en Cadaqués.....) probablemente un mundo un tanto lejano e irreal para muchos de nosotros, y que en ocasiones nos puede parecer incluso frívolo (detalle que creo que la autora no pretende ocultar). 
 
La superación de la muerte de la madre no viene lastrada por una relación personal traumática ni nada similar, parece más bien como el final del mundo paradisíaco de lo que fue su infancia y juventud ("todos tenemos paraisos en los que nunca hemos estado"), del que la autora, nada complicente consigo misma, confiesa no haberse desecho ("entregaría sin dudarlo mi patética corona de adulto de cartón piedra, que llevo con tan poca gracia, y que cada dos por tres me cae al suelo y se escapa rodando calle abajo").
 
Tal vez al final, lo que nos narra con su prosa ágil y llena de imágenes y reflexiones sobre el sexo, el amor o la relaciones personales (la meternidad, la relación con sus maridos...) no deje de ser la resistencia a abandonar la juventud ("soy un fraude de adulto, todos mis esfuerzos por salir del patio de recreo son estrepitosos fracasos") a aceptar esa visión pesimista que desde la atalaya de los cuarenta parece que estemos condenados a sentir. Hay una pugna entre su constante insatisfacción amorosa (con dos exmaridos y varios amantes) y una voluntad de dominio sobre su vida, una voluntad de independencia que tal vez sea una de las herencias más preciadas de su madre.
 
No sé si un hombre podría escribir un libro así, tan denso de sentimientos a pesar de su estilo ágil y sus modestas dimensiones; de hecho la autora retrata a los hombres con una generosa sencillez, a veces incluso diría con cierta envidia ante la mayor complejidad femenina, fuente de sufrimientos constantes. Vaya, que no salimos del todo mal parados. Y a pesar de toda esa posible distancia que he comentado, es un libro plagado de imágenes que en cierta manera podríamos hacer nuestras a pesar de no haberlas vivido.